Mundo ficciónIniciar sesiónEl auto negro atravesó la reja y Antonia sintió que entraba a otro mundo.
La mansión era inmensa. Blanca, perfecta, con jardines que parecían sacados de una revista. Ella había visto casas así en películas, pero nunca imaginó que estaría frente a una.
El auto se detuvo. Alejandro bajó sin esperarla. Ella salió con las piernas temblando, sus zapatos baratos pisando el mármol de la entrada.
Adentro era peor. Lámparas de cristal, techos altísimos, cuadros enormes. Todo era demasiado. Demasiado grande, demasiado bonito, demasiado... frío.
Entonces lo vio.
En un rincón de la sala, un cuadro. Él. El abuelo.
El corazón de Antonia se detuvo. Caminó hacia él sin pensar, como hipnotizada. Levantó la mano y tocó el vidrio. Sus dedos recorrieron el rostro que tanto quería.
—Gracias —susurró—. Descansa en paz.
Una lágrima rodó. Se la secó rápido. No quería llorar delante de él.
—Te presento tu habitación después —dijo Alejandro detrás de ella, sin mirarla. Y se fue.
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Pasaron horas. Antonia recorrió la casa como un fantasma. Todo era hermoso y vacío. Como un museo donde ella era la única visitante.
Cuando llegó la hora de cenar, un empleado la llevó al comedor.
Alejandro ya estaba sentado en la cabecera. Ni siquiera levantó la vista cuando ella entró.
—Siéntate.
Ella obedeció. Se sentó lejos, muy lejos de él. La mesa era ridículamente larga.
Sirvieron la comida. Platos elegantes, olores extraños. Ella apenas probó bocado. Él comía en silencio, con la mirada fija en su plato.
De repente, Alejandro dejó el tenedor.
Su mano fue al estómago. Su rostro se torció.
—Mierda —masculló.
—¿Se encuentra bien? —preguntó ella.
Él no respondió. Cerró los ojos. La respiración se le aceleró. El sudor apareció en su frente.
Un empleado corrió hacia él.
—Señor, ¿otra vez? Llamo al médico.
—¿Cuánto tarda? —la voz de Alejandro era un gruñido de dolor.
—Una hora, señor. Está en otra consulta.
—¡UNA HORA! —golpeó la mesa con el puño—. ¡No voy a aguantar una hora!
Antonia se levantó. Salió corriendo hacia la cocina.
—¿Qué hace? —gritó el empleado.
Ella no respondió. Entró a la cocina como una bala. Los cocineros se apartaron asustados.
—¿Manzanilla? ¿Jengibre? ¿Miel? —preguntó, abriendo armarios.
—Señora, pero...
—¡AHORA!
Encontró lo que buscaba. Puso agua a hervir. Preparó la infusión en dos minutos. Salió corriendo de vuelta al comedor.
Alejandro estaba doblado sobre la mesa, casi sin fuerza. El dolor lo estaba matando.
—Toma —dijo ella, poniendo la taza frente a él—. Bebe.
Él levantó la vista. Tenía los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué es eso? No quiero nada.
—Manzanilla con jengibre. Bebe.
—¡Dije que no quiero! —gritó, apartando la taza—. ¡LLAMEN AL MÉDICO!
—Se va a tardar una hora, ya te dijeron —la voz de ella era firme—. ¿Por qué eres tan terco?
Él la miró con odio. Nadie le hablaba así. NADIE.
—Tú no me conoces. No me digas lo que tengo que hacer.
El dolor lo atravesó otra vez. Se dobló, ahogando un quejido.
Antonia no dudó.
Agarró la taza, se acercó a él, y con una mano le sujetó la barbilla. Él intentó apartarse, pero el dolor lo tenía débil. Ella le puso la taza en los labios.
—BEBE —ordenó.
Los empleados contuvieron el aire.
Nadie, NUNCA, le había puesto una mano encima a Alejandro Montenegro. Nadie lo había obligado a hacer nada. Era el CEO. El hombre más temido del país. El que con una palabra podía arruinar empresas y vidas.
Y esta mujer, esta desconocida con vestido de barrio, le estaba sujetando la cara como a un niño.
Alejandro bebió.
El líquido caliente bajó por su garganta. Ella sostuvo la taza hasta que la terminó. Luego soltó su barbilla y dio un paso atrás.
Todos los empleados miraban petrificados. Esperaban una explosión. Un grito. Un despido. Algo.
Pero Alejandro cerró los ojos.
Un minuto. Dos.
Su respiración se calmó. El sudor dejó de brotar. Los músculos de su rostro se relajaron.
Abrió los ojos y la miró.
—¿Qué... qué me diste?
—Manzanilla, jengibre y miel. Mi abuelo tenía los mismos dolores. Esto lo calmaba.
Él la miró fijo. Largo. Intenso.
Los empleados seguían sin respirar.
Alejandro se recostó en la silla. Pasó una mano por su cara. El dolor había desaparecido por completo.
—Que se vayan todos —dijo en voz baja.
Los empleados obedecieron al instante. En segundos, el comedor quedó vacío.
Solo ellos dos.
Alejandro la miró. Esa mirada fría, penetrante. Pero ahora había algo más. Curiosidad. O quizás asombro.
—Nadie me había obligado a hacer nada en mi vida —dijo—. ¿Sabes eso?. No quiero que vuelvas a desautorizarme
Ella sostuvo su mirada y asintió.
—Desde mañana —dijo él—, tú te encargas de mi comida. Desayuno, almuerzo, cena. Lo que como, lo que bebo. Tú.
Ella no parpadeó.
—Está bien.
Él asintió. Se levantó.
—Vamos. Te llevo a tu cuarto.
Subieron las escaleras en silencio. Caminaron por un pasillo inmenso hasta detenerse frente a una puerta.
—Este es tu cuarto —dijo, abriendo—. El mío es el de al lado.
Ella miró la puerta vecina.
—Si necesitas algo, llama a los empleados. Yo no quiero ser molestado.
—Entendido.
Él la miró un instante. Esa mirada otra vez. Como si no supiera qué hacer con ella.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Alejandro entró a su habitación y cerró.
Antonia se quedó sola en el pasillo. Su corazón latía fuerte. Acababa de enfrentarse al hombre más poderoso del país.
Entró a su cuarto. Cama gigante. Baño enorme. Vestiers vacíos. Todo perfecto. Todo frío.
Demasiado perfecto. Demasiado frío.
Se sentó en el borde de la cama y miró por la ventana. El jardín brillaba bajo la luna, pero ella no lo veía. Solo veía el rostro de Alejandro cuando le sujetó la barbilla. Esos ojos negros llenos de furia.
—Dios mío —susurró—. ¿Qué hice?
Las manos le temblaban. Ahora sí. Ahora que nadie la veía, el miedo llegaba como una ola.
Había desafiado al hombre que podía destruirla con una llamada. Que la había sacado de su mundo y la había metido en este palacio de hielo. Y ella le había sujetado la cara. Le había ordenado beber.
—Estoy loca —se dijo—. Completamente loca.
Se levantó y caminó sin rumbo. Sus pies descalzos sobre la alfombra mullida. Todo era suave, perfecto, caro. Y ella se sentía más fuera de lugar que nunca.







