Los días en la mansión habían adquirido un ritmo nuevo, una cadencia que Antonia reconocía porque la había vivido antes, en los meses en que Noah comenzaba a salir de su encierro. Era el ritmo de la espera, de los pequeños avances, de las miradas que se cruzaban sin atreverse a quedarse. Alejandro estaba diferente. No era un cambio radical, no era una transformación de la noche a la mañana. Era algo más sutil. Más lento. Pero Antonia lo veía.
Lo veía en la forma en que sus ojos seguían a Clara