La noche llegó con una tormenta que no se había anunciado, y con ella, el primer síntoma.
Leo fue el primero en enfermarse. Antonia lo encontró en su cama con la frente ardiendo y los ojos vidriosos, envuelto en la manta que Noah le había tejido. El sudor le empapaba el pijama, y su respiración era corta, entrecortada, como si algo estuviera presionándole el pecho. Nael despertó una hora después, con la piel caliente y un llanto desgarrador que atravesó las paredes de la mansión. Y Tobías, el q