La noche se había instalado sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro cuando Antonia encontró a Clara en la biblioteca. La luz de la chimenea crepitaba, y las sombras de las llamas bailaban en las paredes cubiertas de libros viejos, proyectando figuras danzantes que parecían contar historias de otras épocas. Clara estaba sentada en el sillón de cuero, con un libro abierto sobre las rodillas que no leía. Sus dedos recorrían el borde de las páginas, y sus ojos estaban fijos en el fuego,