Los días que siguieron al encuentro con Alejandro se arrastraron como una procesión de sombras bajo el mismo techo que Antonia había jurado no volver a pisar.
La mansión se alzaba a su alrededor con sus paredes blancas y sus pisos de mármol, sus lámparas de cristal que lanzaban destellos de luz en cada atardecer, sus pasillos infinitos que ella había recorrido con los pies descalzos y la cabeza gacha. Ahora caminaba por ellos con la espalda recta, pero el eco de sus pasos seguía sonando a menti