La casa de Alejandro apareció al final del camino como una herida abierta en medio de la ciudad.
Antonia la reconoció antes de verla del todo. La reja negra, los jardines perfectamente recortados, las columnas blancas que sostenían el balcón principal. Su cuerpo la recordaba. Los dedos se le cerraron sobre el vestido, apretando la tela con una fuerza que blanqueaba sus nudillos. Cada piedra del camino, cada farol, cada ventana era un eco de algo que había vivido sin querer vivirlo.
Noah la miró