El abrazo duró más de lo que ninguno de los dos esperaba. Noah no soltó a Antonia, y ella no quiso separarse. El calor de la piel de él, que antes se sentía lejano, ahora le quemaba los dedos. La respiración de Noah, antes entrecortada, ahora se había vuelto profunda, pausada, como si su cuerpo estuviera recordando algo que su mente había olvidado. El perfume a jabón de cedro, el mismo que usaba desde la cabaña, la envolvía como una caricia antigua.
Caleb observaba desde el pasillo, con los bra