La noche en la mansión se había aquietado. Los pasillos estaban vacíos, las luces atenuadas, y el único sonido era el crujido de la madera que se contraía con el frío. Elena estaba en la cocina, preparando una infusión de manzanilla. El agua hervía en la pava, y el vapor empañaba los vidrios de la ventana, corriendo en pequeños hilos que se deshacían en el aire. Tenía los pies envueltos en unas pantuflas de lana, y el cabello cano, suelto, le caía sobre los hombros. La luz de la lámpara de la c