La habitación de Noah olía a encierro, a sábanas sin airear y a café frío que acumulaba días en la mesa de luz. La luz del sol entraba por las rendijas de las cortinas, dibujando líneas doradas en el suelo de madera que se movían lentamente con el paso de las horas. El silencio era tan denso que Noah podía escuchar los latidos de su propio corazón, un golpeteo irregular que marcaba el ritmo de su angustia. Llevaba días sin salir de esa habitación. Las paredes, que al principio le habían parecid