Los días pasaron en la mansión como hojas secas arrastradas por el viento: sin rumbo, sin peso, sin que nadie pudiera detenerlas. Noah no volvió a asomarse a la ventana. No quería ver el jardín, no quería ver a Antonia con Alejandro, no quería ver a los niños corriendo hacia el magnate con los brazos abiertos. Prefería la penumbra de su habitación, la seguridad de las sombras, la certeza de que allí nadie podía juzgarlo. Las cortinas permanecían cerradas, y la única luz era la de la lámpara de