Los primeros rayos del sol entraron por la ventana de la habitación de Noah cuando el reloj de la mesita de luz marcaba las siete de la mañana.
Los moretones de su rostro habían pasado del morado al amarillo, y las heridas de sus muñecas, aunque aún visibles, comenzaban a cicatrizar. La piel nueva era rosada y sensible, y cada vez que Noah doblaba las manos sentía un tirón que le recordaba lo que había pasado. Pero el cuerpo sanaba. Eso no era el problema. El problema era que la habitación don