La celda había dejado de ser un lugar físico para convertirse en un territorio de pesadillas. Noah ya no distinguía entre la vigilia y el sueño. Las paredes de ladrillo se derretían en formas imposibles, la bombilla parpadeaba con un ritmo hipnótico que parecía marcar los latidos de un corazón ajeno, y el aire, denso y húmedo, le raspaba la garganta como si estuviera tragando arena. Sabía que algo andaba mal. Sabía que su cuerpo no respondía como debía. Las piernas le temblaban cuando intentaba