El regreso a la cabaña fue un viaje de silencio y preguntas sin respuesta. Noah manejó durante horas sin hablar, con los ojos fijos en la carretera y los dedos apretando el volante con una fuerza que blanqueaba sus nudillos. La lluvia que había comenzado en Zúrich los acompañó hasta la frontera, y después se transformó en nieve, una nieve fina y persistente que se pegaba al parabrisas y obligaba a Noah a limpiarlo cada pocos minutos. Antonia iba a su lado, con la carpeta de documentos apoyada s