La cabaña amaneció envuelta en una niebla espesa que se pegaba a los vidrios como una segunda piel. Antonia no había podido dormir después de que Elena se fue. La memoria USB descansaba sobre la mesa de la cocina, diminuta y letal, como una bomba a punto de estallar. Sus dedos la rozaban cada vez que pasaba cerca, pero no la tocaba. No todavía. Necesitaba a Noah despierto. Necesitaba que él también viera lo que ella había visto.
Noah bajó las escaleras cuando el sol comenzaba a filtrarse entre