El Santuario de la Red estaba sumido en un silencio inusual cuando Elena llegó esa madrugada. No era el silencio de la calma, sino el de la espera, el que precede a las tormentas. Las luces de los pasillos estaban atenuadas, marcando apenas el camino hacia el corazón del edificio con una tenue luz amarillenta que apenas alcanzaba para distinguir las puertas cerradas. El eco de sus pasos resonaba en las paredes de hormigón como un latido, un sonido que se repetía una y otra vez en la penumbra. N