La madrugada del día siguiente encontró a Antonia despierta mucho antes de que el sol asomara entre los árboles. No había dormido. No podía. La memoria USB seguía en el bolsillo de su pantalón, y el plan de Elena ardía en su cabeza como una fiebre que no cedía. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Camila encontrando los códigos, a Camila filtrando la información, a Camila cayendo en la trampa. Pero también veía lo que podía salir mal: un guardia en el lugar equivocado, una cámara que no habían