La mansión Montenegro se había convertido en un laberinto de sombras y ecos. El viento de la Patagonia golpeaba los ventanales reforzados, produciendo un silbido agudo que parecía advertir sobre la tormenta que se gestaba fuera y dentro de aquellas paredes. En la biblioteca, el aire estaba impregnado de un aroma a sándalo y a la calidez láctea de los biberones recién preparados. Alejandro Montenegro caminaba de un lado a otro, ignorando el dolor punzante en su pierna y la fatiga que arrastraba