Los días en la cabaña comenzaron a adquirir un ritmo que Antonia no recordaba haber vivido nunca, pero que su cuerpo parecía conocer de memoria.
El despertador biológico de Leo era infalible. A las siete de la mañana, sin falta, el niño aparecía en el marco de la puerta de la habitación con su osito de peluche bajo el brazo y los ojos aún cerrados por el sueño. No decía nada. Solo caminaba hacia la cama y se acurrucaba entre Antonia y Noah, en el espacio cálido que quedaba entre ellos. Su peque