Los días en el hospital comenzaron a seguir un ritmo que Antonia —Ana, porque todavía no se atrevía a reclamar el otro nombre— empezaba a reconocer. Las mañanas eran para los médicos. Las tardes para la quietud. Las noches para las preguntas que no se atrevía a hacer.
Y Noah siempre estaba ahí.
Desde que leyó los mensajes en su teléfono, Antonia lo observaba de otra manera. Buscaba las grietas. Los momentos en que su máscara de hombre tranquilo se resquebrajaba y dejaba ver algo más. A veces lo