Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que percibí fue el fuerte olor a desinfectante.
Parpadeé varias veces mientras el techo blanco sobre mi cabeza se volvía cada vez más nítido. Durante unos segundos no recordé cómo había llegado hasta ese lugar ni qué había ocurrido antes, pero poco a poco los fragmentos regresaron a mi mente: el bar, la luna llena, el aullido en la distancia, y luego el mareo.
Intenté incorporarme, pero una punzada de dolor me obligó a detenerme.
—Tranquilo, Señor Laude