Me sentía completamente humillado.
Aquella enfermera había llegado a mi habitación con una enorme sonrisa profesional y, antes de que pudiera protestar demasiado, ya estaba ayudándome a acomodarme en una silla de ruedas como si fuera un anciano incapaz de caminar por sus propios medios.
Intenté decirle que podía hacerlo solo, que me encontraba perfectamente para caminar, pero ella insistió con una amabilidad tan firme que resultó imposible discutir.
—Es solo protocolo del hospital, señor Lauder