94. La debilidad
Maximiliano
El eco del portazo de su habitación aún resuena en mis oídos mientras doy tres pasos hacia atrás en el pasillo, con la respiración entrecortada y el sabor maldito de sus labios impreso en la boca. Me quedo inmóvil, contemplando la madera oscura de la puerta que acabo de cerrar, sintiendo una contradicción brutal quemándome el pecho.
No puedo negar por qué lo hice; sería un maldito hipócrita si intentara convencerme de que fue un impulso irracional para callarla. La verdad me golpea