9. Solo desaparece

Clara

Un frío punzante me recorre las sienes y un olor penetrante, químico, me obliga a arrugar la nariz. Intento inhalar, pero el aire se siente pesado. Lentamente, mis párpados se despegan, pesados como si estuvieran sellados con plomo. Lo primero que veo es el techo artesonado de la oficina, moviéndose en un vaivén mareante.

Giro la cabeza y el pánico me recorre la columna. Maximiliano está allí. De pie, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, parece una estatua tallada en obsidiana. S
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