61. Un beso a papá
Clara
El miedo empieza a apretarme las entrañas como un torniquete de hielo. Miro el reloj en la parte superior de la pantalla. Son las dos y cuarenta de la tarde. La cita es en veinte minutos. El parque está a pocas calles del hotel, pero el tiempo corre en mi contra.
El pánico me nubla la vista por un instante; la advertencia final, o vas a hacerme enojar, activa en mi cerebro el eco de los gritos, del olor a alcohol y del dolor físico de mi infancia.
—¿Clara? ¿Estás bien? Te pusiste blanca