La ambulancia avanzaba con las sirenas abiertas, cortando la madrugada como una herida. Dentro, el espacio era reducido, blanco, saturado de luces frías y del olor metálico de la sangre. Alexandra yacía sobre la camilla, el rostro pálido, los labios apretados para no quejarse. Cada bache del camino le arrancaba un gemido ahogado.
Gabriel iba sentado a su lado, sujetándole la mano con una fuerza desesperada, como si soltarla significara perderla.
—Mírame, amor —le repetía—. No cierres los ojos,