Alexandra abrió los ojos lentamente.
Lo primero que sintió fue la confusión. Quiso moverse, incorporarse, estirarse… pero su cuerpo no respondió. El aire se le quedó atrapado en el pecho cuando tomó conciencia del espacio reducido, del olor familiar a madera y metal.
La caravana.
Parpadeó con fuerza y entonces lo entendió.
Sus muñecas estaban sujetas a los barrotes de la cama, al igual que sus tobillos. No con brutalidad, sino con una firmeza calculada. El corazón le golpeó con fuerza mientras bajaba la mirada: lo único que la cubría era el suéter de Gabriel, demasiado grande para ella, demasiado corto en esa posición. Sus pantaletas rojas quedaban descaradamente a la vista, sin ningún esfuerzo por ocultarse.
—¿Pero qué…? —su voz salió ronca, cargada de sorpresa.
La puerta del baño se abrió despacio.
Gabriel apareció en el umbral con una sonrisa peligrosa, ladeada, de esas que no prometían nada bueno… o quizá todo lo contrario. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho, la postura re