Aquella noche, después de la cena improvisada, el silencio se adueñó de la cabaña. Alexandra recogía los platos mientras Gabriel encendía una lámpara de mesa que bañaba todo con una luz cálida. Cuando por fin ambos se miraron, el problema inevitable salió a flote: solo había una cama.
—Ni lo sueñes —dijo Alexandra, señalando con el dedo la habitación—. Esa cama es mía.
Gabriel arqueó una ceja, cruzándose de brazos.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué tendría que cederte el trono de inmediato?
—Porque yo soy