Ella dejó el menú a un lado, cruzando los brazos con lentitud, como quien se prepara para una batalla verbal.
—¿Deber de esposa? —repitió con ironía, inclinando un poco la cabeza. —Perdona, Gabriel, pero yo no recuerdo haber firmado ningún contrato que me obligue a calmar tus… instintos.
Él sonrió de medio lado, con ese gesto que parecía hecho para provocar.
—Claro que no lo firmaste… —se inclinó un poco más, bajando la voz— pero lo insinuaste el día que aceptaste esta farsa de matrimonio.
Al