La luz tenue de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas de La Fortaleza, pero el agotamiento no me permitía disfrutar de la calma que el nuevo día prometía. Mi cuerpo dolía, no solo por el secuestro y el rescate, sino por la tensión que todavía sentía apretando mi pecho.
A pesar de todo, no podía dejar de pensar en cómo mis decisiones siempre parecían arrastrar a quienes me rodeaban. Había regresado a casa, sí, pero la sensación de peligro no me abandonaba.
Caminé por el pasillo