Esa noche, el aire en el apartamento estaba cargado, denso como una tormenta a punto de estallar. Nos habíamos refugiado allí después del caos en el club, con los documentos en mano y las marcas del enfrentamiento aún visibles en nuestros cuerpos. Mis manos temblaban ligeramente mientras revisaba los papeles, pero no por miedo. Era la adrenalina, el eco de todo lo que había sucedido horas antes y el peso de saber que apenas habíamos arañado la superficie de lo que los polacos y la Yakuza estaba