Las siguientes horas a la fiesta transcurrieron con una calma engañosa. Después del baile, Alonzo desapareció entre la multitud, dejando tras de sí una estela de emociones que todavía me pesaban en el pecho. Yo, por mi parte, mantuve mi compostura mientras Lorenzo me presentaba a más invitados. Sus palabras eran siempre medidas, pero sus ojos reflejaban una constante evaluación, como si estuviera midiendo cada una de mis respuestas, cada gesto.
Cuando los últimos invitados se retiraron y la vil