Alonzo caminaba a mi lado, su presencia inconfundible, incluso entre la multitud de rostros desconocidos. Sentía su mirada sobre mí cada vez que desviaba la vista, como si estuviera asegurándose de que no me alejase demasiado de su alcance.
—Relájate. —murmuré mientras tomaba una copa de vino que un camarero me ofrecía. —Me estás poniendo nervioso.
—Tú no estás nervioso. —respondió con una leve sonrisa. —Pero alguien tiene que estar alerta por los dos.
—Confía en mí, Alonso. Sé lo que hago.
Su