KINGSTON
Audrey se removió en la silla mientras volvía en sí, y su amiga Rita seguía abanicándola. Parpadeó un par de veces hasta que logró mantener los ojos abiertos.
—¿Estás bien, Audrey? —le pregunté. Sabía que ese día le costaría presenciar esto, pero ella insistió en venir a pesar de haber estado enferma los últimos dos días.
Asintió.
—Sí, amor. Solo que...
Mi madre suspiró, con un tono cauteloso.
—Por favor, no me digas que la embarazaste.
¿Embarazada?
—No —dije, mirando de una a otra. La