No pude evitar mirar. En efecto, ella estaba cerca, y él la acercó aún más.
—¿Por qué mejor no me hago a un lado y los dejo a ustedes con una sesión a solas? —dije, apartándome con cuidado.
—No, tú quédate —dijo—. Es tu día.
—Y tu hombre —dije con una sonrisa—. Disfrútalo, Audrey. Ya me cansé de verlos a los dos.
—¡Aeliana, espera! —gritó, y vino tras de mí pese a que King la llamaba una y otra vez. Encontré un rincón apartado—. ¡Aeliana! —chilló mi nombre.
Me detuve. Audrey estaba exagerando. Q