—Mírame —le dije con una firmeza que me sorprendió incluso a mí misma, aunque por dentro todo en mí temblaba como una hoja sacudida por el viento. Con un impulso desesperado, aparté sus brazos de mi piel, usando más fuerza de la que creí que tenía, obligándolo a retroceder lo justo para que pudiera mirarme a los ojos—. Deléitate la pupila, porque es lo único que verás de mí.
No supe de dónde salió aquella rabia tan cruda, tan feroz.
Simplemente, apareció, como si algo antiguo y dormido hubiera despertado en mi interior. Era una mezcla peligrosa de miedo, orgullo herido y una necesidad casi salvaje de no ceder, de no romperme frente a él. Sentía el pecho arder, la garganta cerrarse, la respiración volverse pesada, pero no iba a permitir que lo notara. No frente a Azkarion. No ahora.
—Nunca digas nunca, Verena —respondió con esa voz grave, profunda, que parecía envolverlo todo, como si el mundo entero se inclinara ante su voluntad.
Rodé los ojos con fastidio, cansada de su seguridad arro