Cuando desperté, la luz de la mañana ya se filtraba entre las cortinas enormes del penthouse, colándose en líneas doradas que dibujaban sombras suaves sobre las paredes impecables.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, con el cuerpo pesado y la mente lenta, intentando entender dónde estaba.
Esa sensación incómoda de desubicación me oprimió el pecho, como si hubiera sido arrancada de mi realidad y colocada en otra que no me pertenecía.
Giré la cabeza despacio, aún adormecida, y entonces lo vi.