Llegué al baño del pasillo casi sin sentir los pies. Todo mi cuerpo estaba tenso, rígido, como si cada músculo siguiera en estado de alerta.
Cerré la puerta tras de mí y apoyé la frente unos segundos contra la madera, intentando recuperar el aliento.
El espejo me devolvió una imagen que apenas reconocí: el rostro pálido, los ojos brillosos, la respiración agitada.
Me vestí a toda prisa. Limpiarme, cubrirme, recomponerme. Cada movimiento era torpe, apresurado, como si el tiempo me persiguiera.
Un