Llegué al baño del pasillo casi sin sentir los pies. Todo mi cuerpo estaba tenso, rígido, como si cada músculo siguiera en estado de alerta.
Cerré la puerta tras de mí y apoyé la frente unos segundos contra la madera, intentando recuperar el aliento.
El espejo me devolvió una imagen que apenas reconocí: el rostro pálido, los ojos brillosos, la respiración agitada.
Me vestí a toda prisa. Limpiarme, cubrirme, recomponerme. Cada movimiento era torpe, apresurado, como si el tiempo me persiguiera.
Una vez que estuve limpia y vestida, salí del baño con el corazón todavía golpeándome el pecho.
Entonces lo vi.
Azkarion estaba ahí, sentado en la cama, como si nada hubiese pasado. Como si el mundo no se hubiese sacudido minutos antes.
Llevaba solo una toalla anudada a la cintura, el torso descubierto, relajado, dueño absoluto del espacio… y de la situación. Aquella imagen me irritó profundamente.
Sonrió con malicia.
No fue una sonrisa amable ni casual. Fue una sonrisa calculada, consciente de su