Sentí que me ardían los pulmones, como si el aire se hubiera convertido en fuego líquido dentro de mi pecho.
El agua helada se coló por mi garganta y empecé a tragarla sin control, desesperada, luchando contra un cuerpo que ya no respondía. Mis brazos se movían torpes, pesados, y el mundo se redujo a un caos de burbujas, frío y oscuridad. Pensé que ahí terminaba todo.
Entonces, unas manos fuertes me sujetaron.
No fueron delicadas, pero sí firmes, seguras.
Me aferré a ellas por instinto mientras