Sentí que me ardían los pulmones, como si el aire se hubiera convertido en fuego líquido dentro de mi pecho.
El agua helada se coló por mi garganta y empecé a tragarla sin control, desesperada, luchando contra un cuerpo que ya no respondía. Mis brazos se movían torpes, pesados, y el mundo se redujo a un caos de burbujas, frío y oscuridad. Pensé que ahí terminaba todo.
Entonces, unas manos fuertes me sujetaron.
No fueron delicadas, pero sí firmes, seguras.
Me aferré a ellas por instinto mientras me arrancaban del lago. El impacto del aire en mis pulmones fue brutal; tosí con violencia, doblándome sobre mí misma, expulsando agua entre jadeos rotos. Sentí el suelo bajo mi espalda, brazos rodeándome con urgencia. Abrí los ojos, aún mareada, y lo vi.
Azkarion.
Su rostro estaba tenso, endurecido por una furia contenida que nunca le había visto. Sus ojos oscuros me recorrían con desesperación, como si necesitara asegurarse de que estaba viva, de que seguía ahí.
Yo temblaba sin control, cada