Llegué al hospital con el corazón golpeando mi pecho como si quisiera escapar.
No recuerdo cómo conduje. No recuerdo los semáforos ni las calles. Solo recuerdo una cosa. El miedo.
Un terror absoluto que me comprimía el pecho como una mano invisible.
Empujé las puertas del hospital con violencia y entré casi corriendo. El olor a desinfectante me golpeó de inmediato, frío, clínico… insoportable.
Mis ojos buscaron desesperadamente entre las personas hasta encontrarlo. Mi asistente estaba allí.
De