La voz de Ylena se clavó en mis oídos como una daga envenenada, afilada no solo por lo que decía, sino por la forma descarada y humillante en que lo hacía.
Cada palabra parecía calculada para herir, para romper, para hacerme sentir pequeña.
No hablaba solo para Azkarion; hablaba para mí, para que escuchara cada sílaba, para que entendiera que su intención era arrancarme algo desde lo más profundo del pecho.
—Azkarion… —susurró, con un tono falsamente dulce, casi suplicante—. Siempre te he amado