La voz de Ylena se clavó en mis oídos como una daga envenenada, afilada no solo por lo que decía, sino por la forma descarada y humillante en que lo hacía.
Cada palabra parecía calculada para herir, para romper, para hacerme sentir pequeña.
No hablaba solo para Azkarion; hablaba para mí, para que escuchara cada sílaba, para que entendiera que su intención era arrancarme algo desde lo más profundo del pecho.
—Azkarion… —susurró, con un tono falsamente dulce, casi suplicante—. Siempre te he amado a ti. Desde siempre. Si me casé con tu hermano fue solo para estar cerca, para no perderte. Mírame… —dijo, avanzando un poco más—. Mi cuerpo es tuyo. Pídeme lo que sea. Haré todo lo que quieras. Puedo complacerte de todas las formas que desees. Sé que ella no puede darte lo que yo sí. Por favor… déjala. Yo haré todo lo que me pidas.
Sentí náuseas. No solo por los celos que me mordían por dentro, sino por la humillación implícita en cada frase, por la forma en que se ofrecía como mercancía, como