Días después, Lysandra se había encargado de llevarme al límite una y otra vez, creando situaciones de peligro que me obligaban a recurrir a esa luz plateada que dormía en mis venas.
Al principio me aterraba, pero poco a poco el proceso se volvió natural, casi instintivo. Según ella, el árbol en mi interior estaba a punto de florecer por completo, extendiendo sus ramas hacia una madurez mágica que yo apenas lograba comprender.
Esa tarde, estaba en la habitación de Maribel, viéndola con atenció