—Entonces Dante, un hombre al que apenas conoces, está enamorado de ti —dijo, con ironía.
—¿Qué tiene de malo? No lo he aceptado como pareja y tampoco me ha hecho daño —defendí, cruzada de brazos—. No controlo lo que los demás pueden sentir por mí, aunque me parece lindo.
Una oleada de satisfacción, cálida y vibrante, me recorrió el pecho al ver la forma en que Seth me reclamaba con la mirada.
No era sólo la autoridad lo que brillaba en sus ojos amarillos, era algo mucho más primitivo. Verlo