—Lilia, ¿qué haces aquí? —pregunté, confundida por su aparición.
La pequeña se acercó a mí, cerró los puños con fuerza e hizo un puchero. En lugar de intimidarme, aquel gesto me arrancó una sonrisa y me enterneció hasta el fondo.
—¡Zoé se lo ha estado pidiendo toda la mañana! No sabes cuántas veces ha ido a nuestra cabaña solo para buscarlo… —se quejó, de brazos cruzados—. Ella no puede bailar con él. Estoy segura de que si tú le mencionas que quieres bailar en la danza lunar, te elegirá a t