Medianoche en la pequeña casa en las colinas. Los ojos de Desz se abrieron. Ah-um se removió junto a él, sin llegar a despertarse.
—Madre... —Escapó el susurro de sus labios entreabiertos y el Tarkut deseó que no se despertara, que su dulce sueño sobreviviera a la tormenta.
Un trueno y luego los pasos, pesados, dolorosos. El aldeano estaba en la cocina. Comió y, esforzándose por ser silencioso, buscó. Y lo que encontró era lo último que deseaba. Un golpe, gruñidos, quejidos... la sangre sien