Desz cargó en sus brazos el desmadejado cuerpo del aldeano. El rechinido de huesos rotos no se escondía a sus oídos de Tarkut. A cada paso que daba, tenues quejidos se colaban por sus labios entreabiertos, que exhalaban un pálido vapor tan frío como su propio aliento. Lo dejó en un rincón del establo, allí pondría fin a su dolor.
—Te recuerdo... —balbuceó el joven, viéndolo con el ojo que todavía podía usar, el otro se había hinchado hasta que no quedó espacio para que el parpado retrocediera—.