Por la mañana y luego de un día completo postrada en el lecho, Lis tuvo fuerzas suficientes para incorporarse y comer lo que amablemente Arua le había llevado.
—Sin tus cuidados, creo que la fiebre me habría matado. Te estaré eternamente agradecida, Arua.
Cada vez que enfermaba, era su aya Ros quien la cuidaba, junto a su padre. Enfermarse lejos del hogar la habría dejado a la deriva de no ser por la amable muchacha.
—No tienes que agradecer, Lis. Lo hago con gusto —le dedicó una dulce sonris