Los ojos del joven se abrieron pesadamente, reticentes, sabiendo que el mundo que conocían ya no existía. La claridad del alba, que se colaba por entre los tablones del pequeño establo, le bastó para espantarse por el grotesco panorama a su alrededor: los pocos animales que su familia había recientemente adquirido yacían muertos, despedazados por alguna bestia salvaje.
Las entrañas de la vaca estaban repartidas como un ramo de húmedas flores que adornara su cadáver, bultos macilentos de plumas y