Con el ardiente sol en su cénit, el joven dejó los aposentos que le habían sido entregados por su señor. Lucía mortalmente pálido y, en sus ojos, una frialdad absoluta hizo a su nuevo padre sentir orgulloso. Había estado llorando y lamentándose por un día entero y ya parecía haber aceptado su nueva vida y estar listo para aprender todo lo que iba a enseñarle.
—Debemos hablar —le anunció, viéndolo llegar al salón.
El joven no se detuvo.
—Espera...
Ante su insistencia, sólo lo miró con los ojos