En el gran salón, Desz inhaló, como inspeccionando el aire. Un leve dejo de molestia lució en su semblante altivo y frío mientras miraba a Lis.
—Devuelve a la aldeana, éste ya no es su lugar —ordenó el rey de Nuante.
La autoridad que emanaba de sus firmes palabras le hizo a Lis temblar la piel, pero no retrocedió ni vaciló; no dejó de verlo a los fríos ojos con firmeza.
—Tal parece que el lugar de todos ha cambiado, ¿no? Ha bastado que uno de tus súbditos haya regresado para que te comportes co