Confundido en el deambular cíclico del sueño y la vigilia, el rey de Balai parpadeó varias veces, pero la sorprendente aparición, que se manifestaba a través de la frialdad de la mano posada en su pierna, seguía allí.
—¡¿Acaso sigo dormido o mis sueños se han vuelto reales?!
Postrado a sus pies estaba el copero, con los mismos ojos oscuros e inocentes de siempre. Lo palpó hasta convencerse de que era de carne y hueso.
—¡¿Cómo es posible?!
—He logrado escapar, mi señor.
Sin más, Ulster lo est